:: Artículo de David Delgado Iglesias (@daviddelgadoigl) para Bionaturex ::

 

El alca gigante (Pinguinus impennis) fue un ave no voladora de la familia Alcidae. Su parecido físico con los pingüinos es un caso de evolución convergente, ya que no están emparentados. Curiosamente, las alcas fueron las primeras aves en ser conocidas con el nombre de pingüinos (del galés penwyn, pen = 'cabeza' y gwyn = 'blanca’), nombre que con los años pasaría a las aves no voladoras del Hemisferio Sur, pertenecientes al orden Sphenisciformes.

El alca gigante era un ave grande, de unos 80 cm de altura y 5 kg de peso. Aunque no podían volar, eran buenos nadadores y buceadores. Su distribución alcanzaba buena parte del norte del Océano Atlántico, abarcando toda la costa occidental europea, y desde Canadá hasta Florida en la costa americana. Realizaban puestas de un único huevo, que cuidaban ambos progenitores.

Al ser un ave confiada y de movimientos torpes en tierra firme, era un objetivo fácil de cazar. Hay constancia de que su carne no tenía un sabor agradable, pero la facilidad para cazarla, así como el gran tamaño de sus huevos (de hasta 13 cm de longitud) la convirtió en un ave perseguida durante siglos por el ser humano.

A principios del siglo XIX su población había quedado relegada a Islandia y pequeñas islas cercanas, principalmente en el islote Geirfuglasker, una roca volcánica con bordes escarpados y de difícil acceso para los hombres. Pero tras una erupción volcánica en 1830, Geirfuglasker quedó sumergido, y las alcas tuvieron que trasladarse al vecino islote Eldey, quedando tan sólo unos 50 individuos en 1835.

Al ser ya una especie tan escasa y sumamente rara, se convirtió en objeto de deseo de museos y coleccionistas particulares, que pagaban grandes cantidades de dinero por conseguir un ejemplar para disecar o un huevo.

El 3 de julio de 1844, un grupo de cazadores enviados a Eldey por un coleccionista avistó la última pareja de alcas gigantes mientras se encontraban cuidando de su huevo. Acabaron con sus vidas, extinguiendo así una especie que antaño había sido abundante.

No fue, ni mucho menos, la primera vez que ocurría. Anteriormente, al menos otras 22 especies de aves, entre las que encuentran el escribano patilargo (Emberiza alcoveri) de las Islas Canarias, o el águila de Haarst (Harpagornis moorei) de Nueva Zelanda, fueron llevadas a la extinción por la acción directa o indirecta del hombre.